39 · Seguridad ciudadana en América Latina
#39 Revista del Observatorio Social · Septiembre 2013
La seguridad ciudadana constituye actualmente la principal demanda a la que deben hacer frente los gobiernos democráticos. La tendencia alcista de las tasas de criminalidad y de victimización, tanto a nivel regional como global, es una clara manifestación de ello.
Con el objetivo de dar solución a dicha problemática, numerosos países han impulsado reformas policiales y reestructuraciones institucionales que constituyen un esfuerzo casi inédito en su tipo. No obstante, son varios los Estados en los que los recursos tanto humanos como económicos con los que cuentan resultan insuficientes. La seguridad, como bien público, es una responsabilidad primaria del Estado, aunque las autoridades locales y la sociedad civil en su conjunto también deben ser incluidas en una perspectiva holística que permita anali- zar la problemática de manera integral. En tal sentido, esta edición busca reflexionar sobre las múltiples causas de la violencia social y la inseguridad; las tendencias de las tasas de criminalidad y victimización; las principales medidas impulsadas en la región para combatirlas y, por último, los casos empíricos de las dis tintas reformas y reestructuraciones poli ciales implementadas en algunos países de América Latina.
En este número:
- La seguridad ciudadana en América Latina por Ana María Morales Peillard y Nicolás Muñoz Correa
- Las policías en Argentina y su necesaria reforma por Nicolás Garcette
- Inseguridad ciudadana y violencia en Venezuela por Olga Ávila y Alberto Camardiel
- La (In) Justicia por Bárbara Bonelli
Cuando recorremos las estadísticas sociales, es evidente que las principales víctimas de esta situación de incertidumbre y exclusión generada por el desajuste entre la demanda del sector productivo y la oferta de recursos humanos, son los jóvenes. No hay una tasa de desempleo en la Argentina, hay por lo menos tres: la tasa general que está alrededor del 16%, la de los jóvenes entre 15 y 24 años, que alcanza al 28% y el de los jóvenes pobres de esa misma edad que es del 36%. Y, a diferencia de lo que sucedía en el modelo productivo anterior, esta estructura de desocupación tiende a conver- tirse en estructural, en la medida en que se halla "sostenida" por la carencia educativa y cultural de los jóvenes hijos de un sistema educativo anquilosado e inmersos en un ámbito cultural que genera desincentivos para el progreso personal.